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Aileen Candace

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Aileen Candace

Mensaje por Nietavikinga el Sáb Ene 30, 2016 8:36 pm

Thorek Puño de Diamante y Primula, hija de Grimlor Piel de Roble, se sentaron frente a la chimenea y se miraron. “¿Qué hacemos?”, se preguntaban. Hacía ya tiempo que el matrimonio había estado intentando tener descendencia, pero sin éxito. El estrés de Thorek, por ser guardia custodio de la aldea, mezclado con la impotencia de Primula por no quedarse embarazada, hicieron que lo que les pasara aquella mañana fuese una bendición.





La situación era complicada. Ambos eran un matrimonio de enanos que vivía en el norte, lugar de tierras frías y nevadas, asentados en una pequeña aldea con casas de madera, muy modestas y de tamaño mediano.
Paseando una mañana por la orilla del río, por al lado de los árboles, la pareja de enanos oyeron los llantos de lo que parecía una niña recién nacida. A Primula le llamó la atención, por lo que se dirigió en busca del posible bebé, encontrándose a éste en una cesta, al pie del árbol más grande de la aldea, con varias mantas por encima para que no muriese de hipotermia.


La enana se agachó a recoger a la niña para consolar su llanto. Estaba intacta, sin ninguna herida ni rasguño, por lo que no llevaría mucho tiempo sola. Primula se acercó a su marido, quien aguardaba aún en la orilla del río, charlando con un conocido. Le interrumpió y le mostró al retoño que llevaba en brazos.
Llevaron inmediatamente a la niña al hogar cálido del matrimonio, donde la lavaron con agua caliente y la envolvieron en prendas. En la cesta, justo debajo de la niña, pudieron ver que habían dejado una nota, escrita con letra confusa, pero en la cual se alcanzaba a leer: “Se llama Aileen. Por favor, cuidadla como yo jamás podré.”. Cuando Thorek terminó de leer la nota, la depositó sobre la mesa y acarició la cabeza del bebé, mientras susurraba su nombre.



Y así fue cómo Aileen encontró una nueva familia, dentro de la cual creció y se desarrolló como persona. Apenas con diez años, acompaña a su padre a las guardias diurnas por la aldea, haciendo que se cumpliera la ley que había impuesta. Thorek, como buen guardia y padre, infundió sus mismos ideales en su hija adoptiva, que ya era casi tan alta como él, por cierto. Aprendió la importancia de las normas, de lo esencial que era que las hiciera respetar, al igual que el sentido de la justicia. Nadie excepto ella debía ser jueza de su propia conciencia, y eso fue algo que su padre le enseñó muy bien. Por otro lado, su madre, le enseñó a apañárselas sola, para cuando llegase el día que ya no los tuviera, al fin y al cabo no eran eternos y algún día, Aileen volaría del nido.








La pequeña humana creció junto al resto de niños de la aldea, los cuales utilizaron la estatura de Aileen como objeto de burla y bromas, lo que a ella no le preocupaba demasiado, ya que le servía de excusa para repartir tortazos entre ellos; ¡Qué bien se sentía cuando lo hacía! Así que, aprovechando sus habilidades para ello, o sostener algún arma, su padre adoptivo la entrenó para que en un futuro fuese una buena guardia de la aldea, tal y como él quería. Estuvo en el punto de mira de muchos de los guardias, quienes, asombrados por su fuerza y carácter militar, combinados con su inteligencia, la tenían prácticamente en un altar.



Aunque después de varios meses de entrenamiento y esculpir su cuerpo para mantenerse en forma, Aileen pudo ver que aquello no era lo suyo. La aldea era divertida, no faltaban cosas que hacer, pero ella quería ver mundo, y no sólo atenerse a lo que ya conocía. Varias noches en vela la ayudaron a armarse de valor para decírselo al matrimonio que habían sido sus padres.






Pensando en qué dirán, se sorprendió cuando sus padres la comprendieron. No les bastó con darle su beneplácito, sino que la llenaron de regalos y preparativos para el viaje que fuese a emprender, los dioses sabían hacia dónde. La noche llegó, y Aileen decidió que sería lo mejor para partir, así que se echó una capa por encima como abrigo, cogió su alabarda, besó a sus padres y comenzó su camino.






Fueron largos días sin encontrar ningún refugio. Su lugar de sueño casi siempre era el pie de un árbol, o una pequeña abertura en alguna montaña. Los mapas que le habían servido durante el trayecto indicaban que una pequeña Villa estaba cerca, así que no podía retrasarse más. Sacrificó una noche de sueño debido a la impaciencia por ver lo que más ansiaba, un nuevo “mundo”, nuevas gentes, en definitiva… llegó a Villa Blanca, lugar donde se desarrollarían sus próximas aventuras, aunque ni ella misma sabe si será su lugar definitivo.



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