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Lisange Galäthiel

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Lisange Galäthiel

Mensaje por Nietavikinga el Dom Feb 14, 2016 7:39 pm

Lisange nació en el seno de una familia muy rica, de noble linaje, hija de un humano y una elfa. Vivían en una gran ciudad rodeada por inmensos bosques, en los cuales habitaban numerosas especies de animales y algunas tribus compuestas por humanos y elfos, encargados de salvaguardar la seguridad del lugar.


Los progenitores de Lisange siempre habían sido muy sobreprotectores. Jamás le dejaron salir de los muros de la ciudad, ni ir más allá de la vista de los guardias del Rey que protegían las calles. Esto siempre fue un problema, ya que a la joven muchacha de dieciséis años le encantaba explorar todo aquello que le rodeaba.
Desde muy pequeña, sabía que tendría que casarse con quien su padre mandase, aunque esto no le terminaba de convencer cuando le presentaron a su primer prometido, veinte años mayor que ella, de gran peso y estruendosa voz. Con tan solo su presencia, Lisange sentía asco, ya ni mencionar cuando se acercaba a ella a agarrarla por la cintura, o hacerle cualquier caricia.


Aproximándose su boda, sentía que no estaba bien hacer aquello, por mucho que el señor de la casa, su padre, la obligara a hacerlo con la excusa de “Es lo mejor para ti, pequeña pelirroja”. Así pues, se dirige una mañana hacia el escritorio de su padre a plantarle cara.


-Padre, voy a ser directa con vos. No quiero casarme con ese hombre que me presentó. Soy libre de tomar cualquier decisión en mi vida y vos no tiene por qué obligarme a compartir mi vida con quien mande –dijo Lisange, mientras, decidida, apoyaba sus manos sobre la mesa de Heldor, su padre, quien se cruzaba de brazos a la misma vez que su hija hablaba, con rostro serio. Cuando ella acabó, se dispuso a hablar, no sin antes levantarse de su silla soltando la pluma que tenía entre los dedos.


-Pequeña pelirroja, –respondió en un bajo tono de voz- vas a casarte con quien yo diga, porque, como te expliqué, es lo mejor para ti. El dia que tu madre y yo faltemos, él será quien te mantenga, y me consta de que tiene riquezas y capacidad como para hacerlo tan bien como nosotros. Así pues, dirígete a tus aposentos y recapacita sobre esto.
 
No conforme con la respuesta de su padre, siguió protestando, alargando así la conversación que con el paso de los minutos tornó en una fuerte discusión, recibiendo gritos y respondiéndolos con lágrimas de importencia. Una vez vio que su pequeña batalla estaba perdida, salió de allí, se dirigió a su habitación mientras su rostro se envolvía de lágrimas y sin pensárselo dos veces, cogió las pocas cosas que poseía y fue corriendo hacia el exterior de la casa y, aunque al principio merodeó un poco por las calles sin rumbo fijo, acabó saliendo de las murallas y adentrándose en los bosques.


Al principio se sentía agobiada. No sabía hacia dónde ir o dónde no pisar, pero conforme oscurecía, ese sentimiento de agobio se acrecentó, hasta tal punto que se sentó al pie de un árbol, se envolvió sobre sí misma y comenzó a llorar, de nuevo, sobre sus rodillas. Sintió algo húmedo y frío en sus manos, y cuando alzó la mirada, pudo ver a un perro sentado, con rostro simpático y la lengua fuera, mirándole. Un poco más allá, se encontraba quieto y sonriente un apuesto semielfo, de cabello rizado y color miel, con una amplia y preciosa sonrisa acompañado de unos almendrados ojos en gris.


Se levantó inmediatamente al ver al perro y a su, aparentemente, dueño. Como era lógico, aquel muchacho le preguntó qué había pasado.


Una vez informado aquel explorador, le ofreció llevarla a su tienda, donde podría pasar la noche en calor y poder comer algo. El asentamiento, aunque pequeño, era muy acogedor, había numerosas tiendas de campañas, aunque aquella noche sólo se encontraba allí el muchacho de ojos grises, Béleriand.


La noche se hizo por completo sobre el bosque, aunque ambos ni siquiera se dieron cuenta, ya que la pasaron en su totalidad hablando de sus intereses en común, de animales y de cómo sobrevivían sin pisar la ciudad. Lisange, fascinada, no dejaba de preguntar todas sus inquietudes, y la mayoría de las veces recibía la esperada respuesta acompañada de una sonrisa y una pequeña risa, debido al interés que la adolescente le ponía a todo.


Se podían oír los caballos y las pisadas a lo lejos: Heldor estaba buscando a su hija por todos lados. Béleriand y Lisange se las ingeniaron para permanecer escondidos y no poder ser rastreados, al fin y al cabo, el semielfo tenía ventaja. Sabía a la perfección dónde esconderse y andar sin dejar ni pizca de rastro, además aprovechó para enseñárselo a Lisange.


Tras unos días, mientras ambos dormían, abrieron la puerta de la tienda y la sacaron a rastras por el pelo, dejándola caer sobre la hierba de mala manera, propinándole, además, una patada en el estómago. Béleriand salió inmediatamente y empujó con todas sus fuerzas al que  atacaba a Lisange. Ella, con ayuda del perro, se incorporó lentamente y lo primero que pudo hacer es descurbrir quién era: el hombre con el que su padre la había prometido.


La situación era violenta, pues su “prometido” había desenfundado una pequeña daga y no le temblaba la mano a la hora de abalanzarse sobre Béleriand. Ambos se fundieron  en un prolongado forcejeo, que terminó con el noble hundiendo su daga en el abdomen del explorador, haciendo que se desplomara en el suelo al instante.
Lisange se dirigió rápidamente hacia Béleriand, mientras no paraba de gritarle al hombre con el que se casaría, el cual sólo se limitó a decir una frase mientras montaba en su caballo y se volvía a marchar: “Esto ha sido por tu culpa”.


El explorador perdía mucha sangre. Su muerte era cuestión de tiempo, pero, mientras aún conservaba el aliento, cogió el arco que llevaba atado a su espalda y se lo tendió a Lisange: “Me has hecho mucha compañía durante estos días y nunca antes había conocido a alguien procedente de la ciudad con semejante corazón e interés por mi mundo. Quiero que te quedes con mi arco y lo utilices como a mí me hubiese gustado hacerlo”. Y mientras le acariciaba la mejilla e intentaba esbozar una leve sonrisa, exhaló su último aliento y cerró sus ojos para siempre.
Cogiendo el arco y secándose las lágrimas, se levantó  y llevó el cuerpo de su difunto amigo unos metros más lejos del asentamiento, cavó un hoyo y le dio un digno entierro.


Pasaron días, semanas y meses, y Lisange no se planteaba volver a casa. No echaba de menos a sus padres ni su casa. Convivía con los demás integrantes de la tribu de Béleriand, quienes se encargaron de enseñarle todo lo necesario para sobrevivir en los bosques.


La joven, ya con diecinueve años, sabía que tarde o temprano su padre daría con ella, por lo que la hora de partir había llegado. Recogió sus pertenencias junto con el arco y se despidió de todos los exploradores y druidas, sobre todo del perro de Béleriand, a quien había cuidado durante toda su estancia en el asentamiento.
Su paso ligero la llevó hasta un pequeño pueblo, donde vivió los próximos años e hizo gran parte de su vida. Allí encontró al que sería el amor de su vida, un joven soldado, fornido, con el cabello color de oro y los ojos con la mirada más tierna que jamás había visto. Su carácter era similar al de Lisange, por lo que congeniaron a la nada de conocerse. Era su perfecto “príncipe azul”, la cuidaba y mimaba como nadie antes lo había hecho y ella, aunque era de alma libre y no le gustaba estar quieta en un mismo sitio, habría dado su vida con tal de que no muriese en la guerra que estalló en aquel acogedor pueblo justo el día de su boda. Él le pidió que corriera, que se pusiera a salvo y no mirase hacia atrás. “Te encontraré y viviremos juntos hasta que la muerte nos separe, te lo prometo”, le dijo. Pero ese día jamás llegó.


Lisange corrió y huyó de la guerra, se asentó en una lejana aldea y allí esperó a su marido. Meses, y él no aparecía. Fue cuando descubrió entonces su embarazo. Estaba esperando un hijo de su querido soldado, y cuando más falta le hizo, se enteró de la trágica noticia. El hombre que le había prometido volver y vivir con ella para cuidarla, había caído en la guerra defendiendo a su pueblo.


Tuvo que sobrellevar el embarazo en solitario, para después criar a su hija lo mejor que sabía. En ocasiones, trabajaba para una banda al margen de la ley, la cual se encargaba de hacer la justicia que los altos cargos no habían sabido hacer. Dicha asociación, requirió las habilidades de Lisange para asesinar a alguien que denominaban “importante”. De hecho, lo hizo sin ningún problema, aunque lo que no sabía era que las dificultades estaban por venir.


Después de finalizar su trabajo y cobrar su recompensa, llegó a casa, despachó a la niñera y cenó en tranquilidad con su hija de tan solo cinco años. En cuanto subieron al piso de arriba para acostarse, Lisange oyó un ruido abajo. Bajó a comprobar qué había sido.


Se encontró en el salón a cuatro encapuchados revolviendo entre sus cosas, y cuando la vieron, dos de ellos se dirigieron hacia ella, propinándole, uno de ellos, un bofetón de tal magnitud que cayó al suelo. El otro, se tiró encima de ella y empezó a desnudarla. Lisange no paraba de gritar e intentar quitárselo de encima. Tan sólo rezaba para que su hija no saliese de su cama al escuchar los gritos.


Sus intentos por evitar la violación fueron en vano. Afortunadamente no se cebaron con ella y pasó rápido. Con algo de ropa por encima, la ataron a una silla y otro de los encapuchados subió al piso de arriba, bajando con Minae bajo el brazo. En cuanto Lisange la vio, comenzó a intentar zafarse de las cuerdas que la apresaban, sin éxito ninguno. Gritaba y gritaba pero tampoco funcionaba. Le rogó por activa y pasiva a los encapuchados que dejaran a su hija en paz, pero éstos la sentaron frente a su madre, la cogieron del pelo para alzar su cabeza, y deslizaron una daga a lo largo de su cuello, degollándola y haciendo que se desangrase, mientras otro de los presentes, articulaba unas palabras: “Esto ha sido por tu culpa”.


Dejaron el cadáver de Minae tirado en el suelo a los pies de Lisange y se marcharon.


Los llantos de aquella madre aún perduran en su mente, ya que se tiró horas llorando desconsoladamente sin poder retirarse las cuerdas. Tan sólo pudo estar sentada y quieta rodeada del mar de sangre de su propia hija.



Entonces, la aún joven pelirroja, juró que encontraría a quienes mataron a su hija y les daría el mismo tipo de muerte.

Nietavikinga

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